Listas abiertas vs modelo actúal

 Las listas abiertas pueden mejorar algo la libertad de elección del votante, pero no arreglan automáticamente la calidad institucional. Incluso pueden empeorar algunos problemas si se aplican en un sistema político con baja exigencia ciudadana, medios superficiales, partidos clientelares y cultura política polarizada.

No sería “la solución” por sí sola. Las listas abiertas pueden mejorar algo la libertad de elección del votante, pero no arreglan automáticamente la calidad institucional. Incluso pueden empeorar algunos problemas si se aplican en un sistema político con baja exigencia ciudadana, medios superficiales, partidos clientelares y cultura política polarizada.

La idea suena bien: que el ciudadano elija personas, no solo partidos. Pero el texto que adjuntas advierte de un problema clave: no todo aumento de “voto personal” produce mejor representación. Puede producir más clientelismo, más personalismo, más campañas individuales caras, más dependencia de financiadores locales y más fragmentación interna de los partidos. El propio texto cita la literatura de Carey y Shugart, Chang, Chang y Golden, Persson/Tabellini/Trebbi, Kunicová/Rose-Ackerman y Treisman para sostener que los efectos positivos son pequeños o frágiles, y que a menudo aparecen efectos negativos sobre corrupción y gobernanza.

La cuestión central es esta:

las listas abiertas no cambian solo quién elige al diputado; cambian los incentivos del diputado.

Con listas cerradas, el diputado depende mucho del partido. Eso tiene problemas: disciplina excesiva, obediencia a la cúpula, poca conexión territorial. Pero con listas abiertas, el diputado puede depender más de su marca personal, de redes locales, de grupos de presión, de financiadores, de medios afines o de clientelas concretas.

Por eso no basta con decir: “más poder al votante = más democracia”. Hay que preguntar:

¿qué tipo de político premia el votante dentro de ese sistema?

Si premia al serio, preparado, responsable y capaz de pactar, las listas abiertas pueden funcionar mejor. Si premia al más ruidoso, al más populista, al más clientelar o al que reparte favores, pueden empeorar el sistema.

Las listas abiertas no son una solución estructural para España. Pueden ser una reforma secundaria, pero no el núcleo del problema.

El problema español no es solo que el elector no pueda tachar o elegir nombres. Es más profundo:

  • baja calidad de selección interna en los partidos;
  • poca cultura de evaluación pública;
  • medios que premian conflicto más que competencia;
  • escasa rendición de cuentas real;
  • polarización;
  • incentivos al sectarismo;
  • débil cultura institucional;
  • poca exigencia técnica al político;
  • falta de democracia interna efectiva;
  • mala conexión entre mérito, gestión y premio electoral.

Si metes listas abiertas dentro de ese ecosistema, puedes no obtener mejores políticos. Puedes obtener políticos más personalistas.

La comparación con Suiza

El caso suizo es interesante, pero no se puede copiar mecánicamente.

Suiza funciona con mucha democracia directa, referendos, federalismo, cultura de consenso, información institucional, partidos acostumbrados a negociar y una ciudadanía habituada a votar sobre temas técnicos. En el texto se plantea justamente la pregunta: en un modelo suizo, la ciudadanía debe informarse sobre muchos asuntos complejos; la duda es si en España la ciudadanía se informaría antes de votar y cómo informarían los medios.

Ahí está la clave RMS:

un mecanismo institucional no funciona igual fuera del sistema cultural, mediático y político que lo sostiene.

Suiza no funciona solo porque tenga referendos o mecanismos participativos. Funciona porque esos mecanismos están insertados en una arquitectura de consenso, federalismo, confianza, responsabilidad y deliberación acumulada.

España puede importar la herramienta, pero no automáticamente el ecosistema.

Entonces, ¿qué reforma sería mejor?

Antes que listas abiertas puras, tendría más sentido una combinación más prudente:

  1. Primarias internas reguladas o más transparentes, para mejorar la selección de candidatos.
  2. Listas desbloqueadas limitadas, donde el elector pueda alterar parcialmente el orden, pero sin destruir la coherencia del partido.
  3. Más rendición de cuentas territorial, con diputados visibles por circunscripción.
  4. Mejor financiación y control de campañas, para evitar que el voto personal aumente corrupción.
  5. Evaluación pública de gestión, con indicadores claros.
  6. Medios más exigentes, que expliquen políticas y no solo peleas.
  7. Reformas parlamentarias, para que el diputado tenga más capacidad sin romper la estabilidad.
  8. Educación cívica e institucional, porque sin votante informado ninguna ingeniería electoral salva el sistema.

La reforma clave no sería “listas abiertas sí o no”, sino:

cómo crear incentivos para que partidos, políticos, medios y votantes premien competencia, responsabilidad y resultados.

Conclusión

Las listas abiertas pueden sonar democráticas, pero no son una solución mágica. En un sistema con cultura institucional fuerte, partidos responsables y votantes informados, pueden aumentar la conexión entre representante y ciudadano. En un sistema polarizado, mediático, clientelar o poco exigente, pueden aumentar personalismo, corrupción y fragmentación.

Listas abiertas, por sí solas, no. Listas parcialmente desbloqueadas, con controles fuertes, mejor democracia interna, buena financiación, medios más serios y cultura cívica, quizá sí.

El problema de España no es solo que las listas sean cerradas; es que el sistema no premia suficientemente la competencia, la responsabilidad y el rigor. Abrir las listas sin cambiar esos incentivos puede no democratizar el sistema: puede simplemente abrir nuevas puertas al personalismo y al clientelismo

Listas abiertas segun JFV

Lo primero que he descubierto es que cada cual entiende por listas abiertas lo que le da la gana. Unos piensan en un sistema mayoritario uninominal, como el de casi todas las elecciones en Estados Unidos. Otros, en la posibilidad de señalar preferencias dentro de la lista de un partido, de modo que a los diputados elegidos los determinen las preferencias de los electores y no su puesto en la lista. El caso más general es el de las elecciones al Senado en España. (Vaya: resulta que YA tenemos listas abiertas para una de las dos cámaras de las Cortes.) En cada provincia peninsular, por ejemplo, cada elector puede marcar tres nombres entre los candidatos al Senado en la combinación que quiera: tres del PSOE, dos del PP y uno de Vox, lo que sea. Lo único que no puede hacer es escribir un nombre nuevo (en inglés lo llaman “write in”). El argumento de sus defensores es que las listas abiertas harían el sistema más democrático y obligarían a los partidos a responder mejor a las demandas de los electores. La pregunta obvia es: ¿y queremos que eso ocurra? La triste realidad es que, una y otra vez, en España y en muchos otros países, los electores no premian a los políticos más responsables y éticos, sino a los más demagógicos y corruptos. El político que manipula el presupuesto público en favor “de los míos” parte con ventaja en un sistema de listas abiertas. El político serio y responsable es el “empollón de la clase”, al que la gente no vota. El marco de referencia de la literatura es Carey y Shugart (1995), sobre los incentivos al voto personal; el mecanismo que une listas abiertas y corrupción (el voto personal es caro y hay que financiarlo) lo desarrolla Chang (2005) y, condicionándolo a la magnitud del distrito, Chang y Golden (2007). En el plano transnacional, Persson, Tabellini y Trebbi (2003) y Kunicová y Rose-Ackerman (2005) encuentran correlaciones entre las reglas electorales y la corrupción, pero Treisman (2007) concluye que dichos efectos son frágiles y no resisten la inclusión de controles ni el cambio de año en los datos. Y hay una razón de fondo para esa fragilidad: los sistemas electorales no se asignan al azar, los eligen los propios países. Lo que empuja a una sociedad a adoptar listas abiertas (su cultura política, su historia de partidos, su grado de clientelismo) suele ser lo mismo que determina su nivel de corrupción, de modo que cualquier correlación entre la regla y el resultado confunde el efecto del sistema con el sesgo de selección de quién lo adopta. La conclusión es que las listas abiertas tienen efectos positivos minúsculos o, más a menudo, efectos negativos nítidos sobre la corrupción y la gobernanza. A fin de cuentas, ¿ve alguien que el Senado funcione mejor que el Congreso? ¿Y no podrían los partidos, a fin de cuentas, seleccionar a sus candidatos igual que para el Senado, hasta volver irrelevantes las listas abiertas? Más grave todavía: las listas abiertas fragmentan los partidos. Permiten que pequeños grupos de interés y camarillas personales se hagan con puestos de representación que intoxican aún más el sistema político. En España ya tuvimos un sistema generalizado de listas abiertas: el de la Segunda República. Muchas cosas mataron a la Segunda República, pero la fragmentación y la radicalización que aquel sistema favoreció fueron una causa importante. Entonces, ¿por qué está tan extendida la idea de las listas abiertas? Porque España es un país sin tradición analítica. Los argumentos son siempre “de letras”, sin mirar la evidencia internacional e histórica. Solo atendemos a si “suenan bien” y “lista abierta” suena fenomenal. Pero las listas abiertas son una idea horrorosa. Y sí, soy consciente de que tendré 200 comentarios negando la evidencia. Esto es España, y en España la evidencia y el rigor son ortogonales. Referencias: Carey, John M. y Matthew S. Shugart (1995). "Incentives to Cultivate a Personal Vote: A Rank-Ordering of Electoral Formulas." Electoral Studies 14(4): 417–439. Chang, Eric C. C. (2005). "Electoral Incentives for Political Corruption under Open-List Proportional Representation." The Journal of Politics 67(3): 716–730. Chang, Eric C. C. y Miriam A. Golden (2007). "Electoral Systems, District Magnitude and Corruption." British Journal of Political Science 37(1): 115–137. Persson, Torsten, Guido Tabellini y Francesco Trebbi (2003). "Electoral Rules and Corruption." Journal of the European Economic Association 1(4): 958–989. Kunicová, Jana y Susan Rose-Ackerman (2005). "Electoral Rules and Constitutional Structures as Constraints on Corruption." British Journal of Political Science 35(4): 573–606. Treisman, Daniel (2007). "What Have We Learned About the Causes of Corruption from Ten Years of Cross-National Empirical Research?" Annual Review of Political Science 10: 211–244.

Es el sistema o es la responsabilidad del votante? En el modelo Suizo cada vez que se vota la ciudadanía debe informarse sobre muchos temas, muchos de ellos técnicos. Se informaría la ciudadanía en España antes de votar? Como informarían los medios de comunicación de España?

Juan José Linz es el español que más ha contribuido al estudio de los sistemas políticos. Sus obras ya son clásicas y, con toda razón, existe un instituto que lleva su nombre en la Universidad Carlos III de Madrid. Uno de sus trabajos más célebres es “Los problemas del presidencialismo” (“The Perils of Presidentialism”, Journal of Democracy, 1990), en el que formula la hipótesis de que las democracias presidenciales son más inestables que las parlamentarias. Esa hipótesis recibió un sólido apoyo empírico en “Democracy and Development: Political Institutions and Well-Being in the World, 1950–1990”, de Adam Przeworski, Michael E. Alvarez, José Antonio Cheibub y Fernando Limongi. Con datos de 135 países entre 1950 y 1990, las democracias parlamentarias muestran una probabilidad de supervivencia mucho mayor que la de las presidenciales. El resultado no es tan concluyente como nos gustaría, porque hay un problema de endogeneidad: los sistemas presidenciales suelen surgir tras dictaduras militares y en contextos golpistas. Pero, controlando por ese efecto lo mejor que se puede, sigue habiendo evidencia bastante clara de que las democracias presidenciales son más inestables. Trabajos posteriores lo cuantifican: con datos de 1946 a 2002, la vida esperada de una democracia presidencial rondaba los 24 años, frente a los 58 de una parlamentaria. El motivo es sencillo. En una democracia presidencial hay dos fuentes de legitimidad, la del presidente y la del parlamento, y, en ausencia de un árbitro claro, esas dos legitimidades tienden a chocar. A ello se suma la rigidez de los mandatos fijos: cuando el conflicto estalla, no hay válvula de escape. Incluso en Estados Unidos, con un Tribunal Supremo dotado de gran auctoritas, los enfrentamientos entre el presidente y el Congreso son constantes y, más de una vez (como los cierres de la Administración o las crisis del techo de deuda pública), han estado a punto de provocar problemas serios. Las democracias parlamentarias están, además, claramente asociadas con un mejor desarrollo humano y económico y con menos corrupción (Gerring, Thacker y Moreno, “Are Parliamentary Systems Better?”, Comparative Political Studies, 2009), aunque, de nuevo, arrastramos problemas de endogeneidad. En general, son más eficaces para evitar personalismos e imponer la rendición de cuentas. A fin de cuentas, todos estaremos de acuerdo en que no hay mejores democracias en el planeta que las de Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia o Nueva Zelanda, y todas son democracias parlamentarias sin “separación de poderes” ni sistemas mayoritarios uninominales. Por eso, yo estoy en contra de tener una elección separada de presidente del gobierno (a una o dos vueltas) o de cambiar en exceso la ley electoral, y mi reforma favorita sería debilitar el cerrojo de protección que nuestro presidente tiene en este momento en la Constitución de 1978, con la necesidad de una moción de censura constructiva (por ejemplo, forzando unas elecciones si los presupuestos no salen adelante). A usted puede que no le guste la situación actual en España. A mí tampoco. Pero podría ser peor. Cambiar no significa mejorar. Pero sea cual sea la posición que uno adopte en estos debates, la lección principal que quiero transmitir hoy es otra. Los sistemas electorales, el grado de división de poderes, la relación entre ejecutivo y legislativo, etc., no son cosas que debamos diseñar a partir de razonamientos filosóficos a priori, sino a partir de la evidencia histórica e internacional y de modelos cuantitativos en los que los agentes (votantes, políticos, partidos) toman decisiones respondiendo a los incentivos y las restricciones a los que están sometidos. Esto lleva, claro, a muchas decepciones. Es mucho más fácil escribir un libro de 300 páginas teorizando sobre la necesidad de una estricta separación de poderes o sobre “la representatividad” que arremangarse y estudiar durante años los detalles empíricos de si un sistema mayoritario sirve de verdad para rendir mejor cuentas a los votantes. En España, donde la formación siempre ha sido de letras (incluso hoy, en buena medida), esto de mirar la evidencia histórica e internacional o de resolver un problema de interacción estratégica resbala mucho. En dos años completos de Derecho Político en la carrera (años de los que no me puedo quejar: tuve dos profesores excelentes, al menos dentro de la tradición de la que venían), leímos todo lo leíble de filosofía política y teorizamos todo lo teorizable sobre “la representatividad”, pero no miramos un solo dato. Y resbala, además, porque cuando uno trabaja en serio en un problema descubre muchas veces que lo que creía que era la respuesta no lo es. A mí me ocurre constantemente; por eso escribo trabajos académicos. Diría que en al menos la mitad de lo que tengo publicado el resultado no era el que esperaba cuando empecé. Sospecho que a los filósofos de salón que escriben grandes tratados no les pasa nunca: su opinión es siempre la misma, porque ya conocen la “verdad”. Por eso, cuando leo las decenas de comentarios que me dejan sobre que “esto es más democrático” o “esto funcionaría mejor”, sin una sola referencia histórica e internacional (o, en el mejor de los casos, con un conocimiento superficial de cómo funcionan los sistemas políticos de otros países o la repetición de tópicos infundados), siento que es difícil mejorar el debate en España. Pero miremos los datos. De hecho, es mucho más divertido que leer otro libraco de filosofía política.

Qué opinas del consociativismo suizo?

Es decir, un ejecutivo que actúe como órgano colegiado con 7 miembros, en donde todos los partidos políticos están representados (cooperación forzosa) y en donde las diferencias políticas se plasmen en referendos

Es sensato, pero también requiere de un nivel de consenso subyacente que muchos países no tienen



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